Nueva York, bendita locura

21:26 Andriy McJordan 1 Comments

Me encuentro sentado ante el blog en blanco con el cuerpo y el alma cansados, extenuados. Las emociones se montaron en la montaña suiza de Igueldo hoy, o eso parecía, y la jornada maratoniana acaba a las 12 de la noche hora NY, pero a las seis de la mañana hora España. El día comenzó con las tensiones acostumbradas del aeropuerto. Por más que voy no me acostumbro, no me gustan los aviones, los registros, las colas, las incertidumbres. Al cabo de no tanto tiempo estamos ya esperando cerca de la puerta de embarque, y tras desayunar, en el último control, nos indican que le tendrán que registrar el equipaje de mano a Klinsmann. Sin problema pasamos el trámite y al avión, donde finalmente por suerte el sitio del grupo de cuatro queda libre. Mientras Bauer y Klinsmann ven pelis yo leo a Kerouac, nos dan comida donde yo escojo lasaña de pesto, nos ponemos las mantas porque hace un frío que pela y por último nos dan la merienda y cancelan el café debido a las turbulencias justo después de servirnos a Bauer y a mí. Ya aterrizados lo peor estaba por llegar. Una cola de una hora y media para pasar la aduana. Finalmente nos revisan el pasaporte sin mayor problema, dejamos nuestras huellas y una foto, y nos ponemos en busca del tren que nos lleve al metro. Por resumir, acabamos en el metro y con las tarjetas para siete días pero no sin esfuerzo. En el metro empiezan a dejar su huella los neoyorquinos. Se sube un grupo de tres negros y una empieza a cantar, y se bajan en la siguiente estación. Después un bailarín de rap hace su numerito, y cuando pasa la gorra y nadie le da nada grita "Nobody cares!" (¡A nadie le importa!). Finalmente otra pareja de negros se decide a preguntarnos que de dónde somos, y al parecer había ganado la chica su particular apuesta. Hablamos tres o cuatro frases y yo me quedo encantado. Por fin llegamos al hotel, que aunque no es gran cosa parece que está bien, y la zona tiene varios metros que te llevan a todas partes. Nos pegamos una duchita y salimos hacia Times Square, primera parada donde compraremos unos pases para visitar tres atracciones turísticas. Y aquí fue el momentazo del día. Al salir del metro me quedo acongojado con los rascacielos de la calle 42. Metros y metros de edificios, pegados unos a otros y con diversas formas arquitectónicas. Mientras andamos con la boca abierta y mirando hacia los cielos de Manhattan llegamos hasta los alrededores de Times Square donde me quedo alucinado de la cantidad de gente y locura que puede llegar a haber en unos pocos metros. La cantidad de gente es tal que tienes que ir buscando tu sitio y dejar pasar en las esquinas. El tráfico es absolutamente caótico, se medio saltan los semáforos, la gente cruza donde quiere, las bocinas no cesan de sonar, bomberos... Las publicidades son exageradas, luminosas, coloridas, en movimiento, unas pegadas a las otras, ni siquiera sería capaz de recordar una marca quizá... Parece que hay bastante presencia policial, a caballo como en las películas también, aunque a mi parecer es más de postín, es imposible regular tamaña locura.
Pasado el rato damos un paseo, vemos la biblioteca, el parque de la salida de la biblioteca que me gusta bastante, sacamos dinero en un Santander, compramos agua y finalmente nos encaminamos al Rockefeller para tratar de ver la puesta de sol desde las alturas. Llegamos un poco tarde pero disfrutamos de las tremendas vistas, por un lado el Empire State, el Chrysler, la nueva torre sustituta de las gemelas, Central Park... Hacemos muchas fotos y nos quedamos allí un rato mirando después. De las fotos a saber si hay alguna salvable, por la noche es difícil...
Bajamos y nos vamos a casa muertos de cansancio, en metro, y cenamos unos trozos de pizza de una tienda cercana. Las poquísimas energías que me quedan las gasto en poner a cargar mis cosas y escribir estas líneas, que aunque son mucho peores y escuetas de lo que me gustaría, son algo... Nueva York, bendita locura...

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