Do you know what it means to miss New Orleans

0:40 Andriy McJordan 0 Comments

Nuestro segundo día en Nueva Orleans comienza perezoso y dubitativo, remoloneo en la habitación más que de costumbre y cuando finalmente salimos me olvido de coger mi planeado café en el vestíbulo. Las indicaciones de la recepcionista para ir a Garden District no son las mejores y me molesta bastante que parece que siempre que hablamos con ella acabamos hablando del tour que venden en el hotel. Peor, salimos y me desespero para comprar los tickets y subir al autobús porque nos han dicho que hay que llevar el dinero exacto y me ahogo yo solo en un vaso de agua. Finalmente, para calmarme un poco, decidimos ir a mi tienda de libros, y allí paso un ratito buscando algún Kerouac, Bukowski o Steinbeck. Lamentablemente algún otro hipster me copió ayer, puesto que el señor mayor que parece dueño y un joven, los dos que llevan la tienda, me comentan que ayer alguien preguntó por Kerouac y se llevó el libro que había, y que también por Bukowski y se llevó el otro único que tenían. Aun así encuentro Al Este del Edén de Steinbeck y me compro un libro de un escritor local, Walter Percy si mucho no me equivoco, recomendado por el chaval joven. Salgo bastante más feliz de la tienda y con cambio e instrucciones que nos han dado en ella, y finalmente conseguimos coger el autobús (no era tan difícil) y compramos un pase para todo el día. Llegamos a Garden District, un barrio pintoresco y característico por sus casitas. Árboles gigantes conquistan la acera literalmente y muchas casas parecen en plena restauración, como si alguien la hubiese comprado muy vieja y la estuviese poniendo a punto. Las casas son mansiones que debieron pertenecer a gente de clase alta, con su jardín y demás, y es una zona bastante tranquila. Los turistas parecen acercarse a ver el cementerio y se veían por la calle Magazine de la que hablaré a continuación. Sacamos varias fotos (la GoPro me parece que hace como brillos desconozco la razón) y callejeamos un poco viendo los balcones, collares colgando de los árboles, y en fin, lo que podéis ver en las fotos.

En la calle Magazine hay muchas tiendas curiosas, de nuevo me recuerda a Melbourne, así como alternativas y con dependientes más indies aún. Paramos en un par de ellas y compro un regalito para Australia y algunos otros más. Entre medias de uno y otro encontramos un sitio estupendo para comer. Anuncian comida típica local y tiene buen aspecto, y a mí me convence que se llama Ignatius. Ignatius Reilly es el protagonista de La conjura de los necios, de John Kennedy Toole. Curiosamente hasta hoy no lo sabía, pero en la tienda de los libros he estado comentando con el hombre mayor cuando le he pedido recomendación y me ha dicho éste, y el escritor era de Nueva Orleans. Al parecer JKT escribió el libro pero se suicidó, y algunos años más tarde su madre lo publicó. De cualquier manera, el libro es bastante característico y el restaurante está basado en él. Pedimos para comer tomates verdes fritos, y yo me hago con un Po Boy de salchicha de Alligator, es decir, de caimán. Sorprendentemente (o no), está buenísimo. Klinsmann se pide Gumbo y Bauer otro Po Boy de ternera.

Salimos y me compro en una tienda cercana de las que hablaba una camiseta que me hace gracia por varios motivos con un cocodrilo y que pone "Tastes like chicken!" (¡Sabe a pollo!), como el mismísimo Snake diría. También unas gafas de sol hipsters que usaré y pretendo regalar a Australia cuando vuelva (las gafas de sol ya lo dijo Juan Carlos I, son bisexuales). Finalmente volvemos a coger el autobús y llegamos a la zona del hotel, dispuestos a coger el Ferry gratuito. Damos un paseo por el puerto, y nos acercamos al ferry cuando llega. Un cartel nos hace parar, pone que dos dólares cuando en el resto de sitios ponía que gratuito. Como tampoco es nada especial (sólo era por la gracia de cogerlo), nos damos la vuelta y seguimos callejeando. Hacemos una parada en el hotel que algunos aprovechan para dormir microsiestas, y volvemos a la calle con ánimo de dar una vuelta por el Warehouse Art District. Parece una zona antiguamente industrial que han renovado y ahora parece casi pija (esto ya ha pasado en varias ciudades creo yo). Aquí está el museo de la WWII, pero ni nos interesa entrar ni estamos a tiempo de hacerlo. Finalmente, sin mucho que hacer por allí, nos cogemos un autobús para amortizar nuestro pase diario y nos bajamos cerca del French Quarter.

Por el camino vemos a Mark Wahlberg y Bauer se queda asombradísimo y discutimos acerca de las probabilidades de que esto sucediese. Un hombre negro de un coche con un parecido bastante grande con Morgan Freeman nos pregunta "quién es ese tipo", y al principio dudo de si se está cachondeando y es el propio Morgan. Al final le comentamos quién es y con la película de Ted nos dice, "oh yeah, I can track that". Esperamos años para que pase un tren con millones de vagones (¿se llaman vagones cuando son de mercancía?), y caminamos al lado del Mississipi hasta llegar al French Market. En el río está el Natchez, un barco de vapor que hace tours por NO y que es bastante curioso, aparte de tener una especie de bocina que suelta vapor impresionante, tocan a veces el calíope (ayer lo escuchamos pero hoy no). Os invito a ver este vídeo si tenéis curiosidad. En este rato el cielo se pone muy gris, aunque las historias de Bauer de tormentas finalmente han resultado ser falsas.

Visitamos mínimamente el French Market, todo está cerrado, y nos encaminamos por fin al Preservation Hall. Este lugar tiene una gran fama para escuchar Jazz en directo, y parece que tiene bastante personalidad. Nos ponemos en la cola y por nuestros cálculos debemos entrar y esperamos que sentarnos. El sitio es increíble, lo tienen todo montado de tal manera que la experiencia resulta absolutamente única. Haces cola en la calle más de media hora (como poco), es medianamente caro, los empleados son amables, y desde la fachada al interior desprende un aura única, su antigüedad le da personalidad y encanto. Tras pagar religiosamente y entrar, conseguimos sentarnos en el suelo, en segunda fila, casi tocando a los músicos. Por desgracia se me sientan unos niños al lado, a los que sus padres mandan, con el pequeño detalle de que son tres niños (y aquí los niños suelen ser grandes) para dos sitios. Aparte de estar literalmente pegados durante todo el concierto, no me molestan ni me fastidian la experiencia. Rápidamente hago la única foto del sitio, las cámaras están terminantemente prohibidas en cuanto empieza la función, y avisan que paran de tocar si ven a alguien grabando. Sale algo movida y borrosa, pero es lo único que tengo.

A partir de aquí, menos por dos interrupciones de gente grabando en la primera canción (sí, tras decirlo tres veces y una primera con parada de música incluida, parece que hay gente que sigue grabando), me pongo en modo éxtasis musical, y me quedo anonadado con los seis músicos. Trombón, trompeta, clarinete, batería, violonchelo y piano (si no me equivoco) son los instrumentos que nos deleitan. En los momentos álgidos de sus solos,los músicos se levantan y se escuchan "yeahs!" desde el público. El trompetista nos deleita con una canción lenta (Do you know what it means to miss New Orleans) cantando y haciendo sonar su instrumento. En definitiva, una gozada, la verdad es que merece la pena aunque se hace muy corto para el precio que pagas. Salgo encantado del lugar y nos vamos a finalizar el día en el Café du monde, donde nos tomamos sus famosos beignets, un café black, un latte y... ¡un batido de los que llevan los niños al cole para Klinsmann!

Volvemos en la noche de New Orleans a nuestro hotel, caminando por las sucias calles de la ciudad, con los bolsillos más vacíos pero nuestras almas más llenas de esta ciudad única, una ciudad que nos ha costado conquistar, una ciudad a ratos arisca, pero una ciudad que recordaré toda mi vida.

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